Para esos molestos mosquitos...
- Graciela Gómez Fernández
- 5 oct 2021
- 4 Min. de lectura

El tiempo de lluvias trae consigo verdor, alimento y frescura. También trae granizo, inundaciones y unos molestos mosquitos que seguramente tendrán su función en el equilibrio ecológico, pero en la mayoría de los humanos cumplen más bien con una función de desequilibrio físico y psíquico. Confieso que no sé para qué sirven, además de zumbar en los oídos, trasmitir enfermedades y dejar ronchas que claman por una buena rascada. Me llama la atención que los llamemos con un nombre en diminutivo, como si se tratara de los tiernos cachorros de esa otra especie igual de molesta: las moscas.
Aparte de ser insectos y fastidiar a los humanos, las moscas y los mosquitos tienen poco en común. Las primeras dan más bien asco, por feas y porque las asociamos con podredumbre y cuestiones escatológicas. Tienen un vuelo rápido y caótico, que las hace difíciles de atrapar (o aniquilar con un matamoscas, que por algo se llama así), acompañado de un sonido vibrante y estruendoso que distrae conversaciones y espanta el sueño.

El vuelo del mosquito en cambio es más lento y algo más predecible, pero su zumbido es con frecuencia más inquietante Quizá influya en ello que revolotea más cerca de nosotros, buscando intercambiar fluidos para su bien y nuestro mal. Se alimenta de nuestra sangre a la vez que inocula bajo la piel su ponzoña, misma que, si tenemos suerte, producirá sólo un piquete causante de comezón, dolor, e irritación, pero si el zodiaco o la geografía están en nuestra contra, puede convertirse en enfermedades serias como la malaria, el dengue, zika o chikungunya, que desde luego no anhelamos padecer.
Cuando era niña, allá por los tiempos en que la vida era en blanco y negro, en los hogares había unas bombas que rociaban DDT en el ambiente para matar a estos molestos mosquitos. Había que cerrar las ventanas y salir de la habitación, permitiendo sólo que el adulto más valiente (o el más inconsciente) penetrara al recinto, arma en mano, y saturara el aire con el temido veneno. Acto seguido salía cerrando la puerta tras de sí con aire de triunfo bélico, y advertía a los menores que el espacio quedaba vedado hasta nuevo aviso. Transcurrido un tiempo, sólo conocido por el escuadrón de seguridad de la casa, la habitación se ventilaba (nuevamente por un periodo definido por la autoridad), y podía entonces habitarse libre de zumbidos alteradores del juego y el sueño. Sobra decir que a semejante ataque no sobrevivía bicho alguno, y sospecho que es el causante del fallecimiento de algunas de las neuronas que actualmente me hacen tanta falta.

Poco a poco la conciencia se fue poniendo de moda, y los métodos aniquiladores se modificaron. El DDT fue prohibido pero la televisión se llenó de anuncios de insecticidas implacables que mataban todo aquello que se atreviera a volar en la cocina y el cuarto de juegos de los niños. ¡Qué suerte que las alitas del Chapulín Colorado sólo le servían de adorno! Más tarde llegaron los venenos sofisticados, que mataban moscas y cucarachas “sin dañar a las plantas…” Hasta que la ecología se impuso y nos dimos cuenta de que matar insectos no era una buena idea. Al menos no con químicos dañinos, porque los aplausos se multiplicaron en la temporada de charcos de manera sorprendente. Más de una vez he amanecido con la mejilla morada por las bofetadas que me autoimpongo intentando defenderme de una picadura. Aparecieron entonces químicos malolientes enlatados en aerosol, cuya mercadotecnia aseguraba ser inocuos para la piel y mantener alejados a los insectos. Las mochilas de campamento aumentaron su peso, y los romances disminuyeron su frecuencia, pues el olor era francamente desagradable, además de causar resequedad en la piel, y no pocas alergias, peores que los piquetes de los que prometía defender.
La observación de la naturaleza llevó a los sabios a descubrir que existen plantas cuyo aroma fascina a las personas a la vez que desagrada a ciertos insectos. ¡Oh maravilla! Es el caso de la lavanda, que se usa desde tiempos ancestrales para repeler polillas, arañas y alacranes, entre otros muchos bichos indeseables dentro del hogar. Con ella hicimos, desde hace años, un aromatizante de ambiente que nos regaló la sorpresa de mantenernos libres de zumbidos molestos tanto en el jardín como en el interior de la casa. Después supimos del poder de la citronela para alejar a los mosquitos y nos hicimos de unas velas enormes, fabricadas dentro de una cubeta pintada de verde, que olía tan feo que en efecto los moscos no se acercaban… y nuestros amigos tampoco. Entonces sembramos citronela en el jardín, y descubrimos que su aroma natural es delicioso. No sé con qué hacen esas velas, pero yo creo que no con la planta. Así nació nuestro repelente maravilloso, mezcla perfecta de citronela y lavanda, de aroma embriagante y efectivo contra todo volador indeseado.

Hace unos meses les platicamos del experimento que estábamos haciendo. Hoy hemos logrado ya estandarizar una fórmula y envasarlo para su venta. Debo decir que el primer lote se agotó aún antes de haberlo anunciado, pero ya está lista la nueva producción, para que disfruten de los atardeceres en la terraza sin piquetes y zumbidos. Me lo van a agradecer.
Con este nuevo lote repetimos la prueba que hicimos anteriormente: una buena y valiente amiga se expuso a la intemperie cubriendo sólo una de sus piernas con nuestro repelente de citronela y lavanda. Aquí mostramos el resultado, documentado para que conste. Sobre el remedio que le ofrecimos en la pierna a la que no aplicó repelente les platicaré en el próximo blog.

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